Hay un punto en el camino en el que empezamos a notar que ciertas partes de nosotras mismas quedan ocultas detrás de gestos aprendidos, roles, expectativas y hábitos que repetimos casi sin revisarlos. No es que vivamos “fingiendo”, pero sí puede ocurrir que nuestras acciones, nuestras palabras o incluso nuestros silencios no broten de lo que realmente sentimos, sino de lo que creemos que deberíamos mostrar.
Desde la perspectiva del mindfulness, la autenticidad se vuelve un acto de presencia: observarte con honestidad, reconocer tus impulsos, tus límites, tus deseos, y permitir que tu vida se oriente desde esa coherencia interna. No es un ideal abstracto; es una práctica concreta de ver cuándo te alineás con vos misma y cuándo actuás guiada por condicionamientos que ya no te representan.
La confianza que sostiene la autenticidad
Para mostrarse auténtica hace falta confianza. No una confianza ingenua de que siempre vas a ser comprendida, sino la certeza interna de que podés sostenerte incluso cuando otros no compartan tu manera de ver o de hacer. En la tradición budista, esta confianza —shraddha— no se basa en la fe ciega, sino en la experiencia directa: cada vez que actuás con coherencia, aparece un alivio, una sensación de verdad que confirma la dirección.
Los barrotes invisibles
Muchas veces no vivimos la vida que elegimos, sino la que imaginamos que otros esperan. Esos “barrotes” no siempre provienen del exterior: suelen ser los propios límites que construimos a partir de mandatos, roles y etiquetas que sentimos obligadas a sostener.
- “Tengo que ser siempre así.”
- “Eso no corresponde que lo diga.”
- “No sé si está bien que yo quiera esto.”
- “¿Qué van a pensar si hago esta propuesta?”
Estos son mecanismos que buscan protegernos, pero que también pueden reducir nuestro aporte al mundo y alejarnos de nuestra verdad.
Un ejemplo simple, de todos los días
Imaginá que estás en un equipo de trabajo o en un grupo y se te ocurre una idea, una propuesta un poco distinta a lo habitual. Antes de expresarla, aparece una pregunta automática: “¿Cómo lo van a tomar?” “¿Encaja con lo que esperan de mí?”
Ese microsegundo de duda —que muchas veces termina en silencio— es un claro reflejo de cómo la autenticidad se va moderando para encajar en la identidad que creemos que debemos sostener. Adaptarse a los contextos, claro, es necesario; pero si siempre filtramos nuestras ideas por temor a no cumplir expectativas, el mundo pierde la oportunidad de recibir lo que solo nosotras podemos ofrecer.
Autenticidad no es rigidez
Ser auténtica no significa imponerse ni desconocer la sensibilidad del entorno. No implica “así soy yo y punto”. Implica participar con coherencia y respeto, leyendo cada situación, pero sin apagar lo que te hace única.
Cada persona es una combinación irrepetible de experiencias, cualidades, miradas y sensibilidades. Cuando ocultás una parte de eso para encajar, no solo te limitás vos: también privás al mundo de un aporte valioso que nadie más puede dar.
La autenticidad como acto de contribución
En última instancia, ser auténtica es un acto de responsabilidad y generosidad. Es permitir que tu forma singular de percibir, crear, acompañar o proponer tenga un lugar. Es darle al mundo esa mezcla irrepetible que solo vos encarnás.
Y quizás valga la pena preguntarte: ¿Alguna vez pensaste que al no desplegar completamente tu autenticidad, podrías estar privando al mundo de un aporte único y profundamente valioso?
2 Comentarios
Anita · 3 diciembre, 2025 en 10:54 am
Hermoso Marie !!! Cuando elegimos desde la coherencia, aunque haya incertidumbre, aparece un alivio profundo: el cuerpo afloja, la mente se ordena, la energía se vuelve más liviana. No ser auténtica es perderse ese alivio cotidiano.
Mariela · 3 diciembre, 2025 en 4:13 pm
Eso Ani, sentirse en consonancia.