¿Alguna vez sentiste que una parte de vos avanza e intenta encajar en el mundo, mientras otra se queda estancada, asustada o escondida? Esta sensación de estar fragmentados es profundamente humana.

Para explorar estas contradicciones, la tradición zen utiliza una herramienta fascinante: el koan. Un koan (como el que vas a leer a continuación) no es un acertijo lógico ni un problema matemático. No se aborda de forma analítica ni se resuelve pensando demasiado. Más bien, se trabaja desde la comprensión pura. La invitación es a habitarlo, a tenerlo presente como una semilla para dejar que aflore espontáneamente justo cuando algo de nuestra experiencia cotidiana lo evoque.

El siguiente texto, escrito por Roshi Pat Enkyo O’Hara, nos regala un hermoso koan sobre la sanación a través de la integración de nuestras partes. Te invito a leerlo y a observar qué despierta en vos.


Un koan zen que aborda la problemática cuestión de nuestra propia identidad a nivel personal comienza simplemente con una pregunta.

El maestro zen Goso preguntó: “Senjo y su alma están separadas, ¿cuál es la verdadera Senjo?”. La pregunta se basa en una hermosa y antigua historia china de fantasmas.

Había una vez, en un pueblo junto a un río, una niña y un niño, primos segundos; crecieron juntos como compañeros inseparables. Eran tan unidos que el padre de la niña una vez bromeó diciendo que ya parecían casados. Eventualmente, se enamoraron. Sin embargo, el padre de la niña anunció que ella se casaría con otro hombre.

La chica, Senjo, y su amado, Ochu, quedaron devastados, y Ochu estaba tan molesto que decidió tomar su barco y abandonar el pueblo. Justo cuando comenzó a navegar, vio una sombría figura de pie a la orilla del río. Senjo se metió en el barco y escaparon juntos por el río.

Pasaron cinco años. Tuvieron dos hijos y eran muy felices, excepto que de vez en cuando Senjo rompía en llanto porque extrañaba a su familia. Decidieron regresar, y cuando llegaron, Ochu subió a la casa de Senjo para pedir perdón por haberse escapado con ella. El padre de Senjo se sorprendió y dijo: “¿Qué? Desde el día que te fuiste, Senjo ha estado arriba tumbada en su cama, muy triste y sin pronunciar una palabra”.

En ese momento, Senjo del barco llegó a la puerta, y de repente apareció la Senjo de arriba, sonriendo. Las dos Senjos se miraron frente a frente, sonrieron y entraron una en la otra. Al instante, se convirtieron en una sola.

Así que la pregunta es: “Senjo y su alma están separadas. ¿Cuál es la verdadera?”.

Senjo podría haber respondido: “No estoy segura de cuál es la verdadera yo, la que se casó con Ochu o la que se quedó con su familia y se mantuvo enferma en cama”. Tu pregunta podría ser: “¿Cuál es el verdadero yo, el que está tratando de encajar en este mundo o el que se está encogiendo temeroso, escondido e inexpresivo?”. ¿Son uno o dos?

Esta historia muestra dramáticamente la vida fragmentada del yo y la curación alcanzada a través de la integración. Cuando simplemente permitimos y reconocemos el aspecto personal profundamente susceptible del yo, podemos sanar.

Esta es la pieza interior del “yo íntimo” de lo que somos. No se puede ignorar. Es la experiencia personal más profunda de lo que somos, y cuando nos ocupamos de ese yo perdido, como Senjo acostada en su cama en casa, ya no estamos aislados de nuestra experiencia y de lo que a menudo impulsa nuestra conducta diaria.

Sin integrar ese yo, sin esa totalidad, vivimos en la superficie, en automático, sin aprovechar el manantial de nuestra vida. La pregunta del maestro zen Goso, “¿Quién es la verdadera Senjo?”, solo puede ser respondida cuando nos conectamos con todo nuestro yo personal.

Y, sin embargo, por supuesto, esto no es todo lo que somos.


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Mariela Herrero

Licenciada en Psicología | Especialista en Mindfulness | Coach Ontológico profesional

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