Habitualmente damos por sentada la visión de nuestra cultura y aceptamos sin más lo socialmente establecido. Sin embargo, la historia nos demuestra que lo que hoy consideramos evidente, en su momento requirió de una valentía inmensa para ser cuestionado.
Para entender esto, viajemos a la India antigua. En la época del Buda, el sistema de castas era extremadamente estricto. Las divisiones eran tan rígidas que las personas de las castas más altas tenían prohibido el contacto con las más bajas —consideradas “intocables”— porque tenían la firme convicción de que se contaminaban al hacerlo. En ese contexto, el Buda fue un verdadero revolucionario: creó una comunidad donde cualquier persona, sin importar su origen, era bienvenida. Compartían las comidas, convivían como iguales y, rompiendo otro gran paradigma, integró a las mujeres en la comunidad monástica, un espacio que culturalmente les estaba negado.
Hoy miramos hacia atrás y vemos estas acciones de inclusión como algo natural y justo. Pero en su tiempo, significó ir en contra del pensamiento popular y enfrentar el orden social establecido.
La famosa historia de Siddhartha y el cisne —un extracto del libro Camino viejo, nubes blancas: tras las huellas del Buda, del maestro Thich Nhat Hanh— refleja este mismo espíritu. En este fragmento, que nos comparte una enseñanza del Buda a unos niños, el relato nos invita a cuestionar las verdades que damos por hechas.
En la actualidad también existen prácticas profundamente arraigadas y aceptadas culturalmente que, por estar tan instaladas, se vuelven transparentes a nuestros ojos. Un claro ejemplo es la violencia hacia los animales que consumimos y utilizamos de múltiples formas. Para mostrar una alternativa e ir en contra de algo tan normalizado hace falta mucha valentía. Quizás, con el tiempo y el despertar de una nueva conciencia social, el respeto hacia todas las vidas nos resulte tan obvio como hoy nos parece la necesidad de igualdad entre las personas.
Los invito a leer este cuento para reflexionar sobre nuestro propio contexto. ¿Qué realidades estamos aceptando hoy sin cuestionar?
Un día, tenía nueve años y paseaba solo por el jardín cuando, de repente, del cielo, cayó un cisne que se retorcía de dolor en el suelo. Corrí a cogerlo y descubrí que una flecha le había atravesado un ala. Agarré firmemente la flecha con la mano y la extraje de un tirón. El ave gritó mientras, de su herida, brotaba sangre. Presioné con mi dedo para detener la hemorragia y llevé al cisne al interior del palacio en busca de la princesa Sundari, la dama de honor, quien se dispuso a preparar una cataplasma con hojas medicinales para curar la herida. El cisne tiritaba, así que me quité la chaqueta y le arropé. Después lo puse cerca de la chimenea real.
Estaba a punto de ir en busca de un poco de arroz para el cisne cuando mi primo de ocho años, Devadatta, irrumpió en la habitación. Llevaba consigo su arco y sus flechas y preguntó agitadamente: ‘Siddhartha, ¿has visto caer un cisne blanco por aquí?’.
Antes de que pudiera responder, Devadatta vio al cisne descansando cerca del hogar. Corrió hacia él, pero yo le detuve.
‘No lo toques’.
Mi primo protestó: ‘Este cisne es mío. Mi flecha lo ha alcanzado’.
Permanecí entre Devadatta y el cisne, decidido a no dejar que lo cogiera. Le dije: ‘Esta ave está herida. La estoy protegiendo. Necesita quedarse aquí’.
Devadatta era muy terco y poco dispuesto a ceder. Dijo: ‘Escucha, primo, cuando el pájaro volaba por el cielo, no pertenecía a nadie. Puesto que yo lo he derribado, me pertenece legítimamente’.
Su argumento parecía lógico, pero sus palabras me hicieron enfadar. Sabía que había un error en el razonamiento pero no lograba dar con él. Así que permanecí ahí, mudo, sintiéndome cada vez peor. Entonces, vi un modo de responderle.
‘Escucha, primo’, le dije, ‘los que se quieren viven juntos y los enemigos viven separados. Trataste de matar al cisne, luego tú y él sois enemigos. El ave no puede vivir contigo. Yo le he salvado, vendado su herida, dado calor y estaba a punto de ir a buscarle comida cuando has llegado. El cisne y yo nos queremos y podemos vivir juntos. Él me necesita a mí y no a ti’.
Como no conseguíamos llegar a un acuerdo, decidimos exponer el asunto a los adultos. Ese día había una reunión del gobierno en el palacio, así que nos dirigimos a toda prisa al salón de justicia, donde estaban reunidos. Yo sostenía el cisne y Devadatta, el arco y las flechas. Planteamos nuestro problema a los ministros y les pedimos que dieran su veredicto. Los asuntos de Estado se paralizaron mientras los hombres escuchaban, primero a Devadatta y después a mí. Discutieron largo y tendido sobre el asunto, pero eran incapaces de llegar a un acuerdo. La mayoría parecía inclinarse por Devadatta cuando mi padre, el rey, de repente, se aclaró la garganta y tosió varias veces. Todos los ministros, de pronto, callaron y decidme si no es extraño, de mutuo acuerdo, decidieron que mi argumento era correcto y que el ave me pertenecía. Devadatta estaba enfurecido pero, evidentemente, no tenía nada que hacer.
Tenía el cisne, pero no estaba del todo contento. Aunque aún era pequeño, sabía que mi victoria había sido menos que honorable. Me dieron el ave porque los ministros querían complacer a mi padre, no porque vieran la verdad en mis palabras.
Fue triste. Pero, al pensar en el cisne y ver que estaba a salvo, me consolé. De otro modo, hubiera acabado en la olla.
En este mundo, son pocos los que miran con los ojos de la compasión; por ello somos crueles y despiadados unos con otros. Los débiles son siempre oprimidos por los fuertes. Todavía sigo pensando que mi razonamiento de aquel día era correcto, pues surgió del amor y la comprensión. El amor y la comprensión pueden aliviar el sufrimiento de todos los seres. La verdad es la verdad, tanto si es aceptada por la mayoría como si no. Por eso, niños, os digo que se necesita gran coraje para defender y proteger lo que es correcto.
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