A veces, la rutina y el estrés nos empujan a mirar la vida desde un lugar estrecho, centrados únicamente en nuestras propias necesidades. Sin embargo, cuando logramos hacer una pausa y cultivar una visión amplificada, empezamos a percibir la realidad con mayor nitidez. Es en ese espacio de apertura donde nos damos cuenta de algo profundo y transformador: ver al otro con claridad es, en esencia, vernos a nosotros mismos.

La generosidad es el puente que nos permite salir de ese encierro. Al soltar temporalmente el peso del «yo» y el «mío», no solo beneficiamos a quien tenemos enfrente, sino que encontramos nuestra propia libertad interior.

A continuación, te comparto una excelente reflexión de la autora Lynn Kelly, tomada del blog Consejos de Buda para laicos, que nos invita a explorar esta práctica como el verdadero punto de partida hacia la calma y la felicidad genuina.


El primer entrenamiento que el Buda dio a todos fue la práctica de dar.

Practicar la generosidad es la manera más básica de experimentar libertad. La felicidad y la calma interna crecen cuando son alimentadas por actos generosos.

Trata de recordar una vez en tu propia vida cuando diste algo y te sentiste bien por ello.

¿Alguna vez le cediste tu lugar en la fila del supermercado a una madre que batalla con sus niños pequeños?

¿Has guardado silencio para evitar agravar una situación?

¿Le diste el regalo perfecto a alguien?

¿Recuerdas personas en los días que son importantes para ellos?

La generosidad, el sentimiento que apoya el dar genuino, te libera temporalmente del dolor del egoísmo.

Puede surgir una dicha sin complicaciones junto con el alivio de tomar un descanso de estar envuelto en ti mismo.

Por el contrario, actuar sin conciencia permite que tu egoísmo esté sin control. Puedes tener la sensación de estar encajonado en tus propios deseos.

La generosidad es el punto de partida ideal para aprender a dejar de lado el egocentrismo y para ver que una profunda dicha viene de liberar lo que sea que estés sosteniendo firmemente en un momento dado.

Aferrarse al “yo”, “mío” y “lo que quiero” puede crear un problema interno; dejar ir puede ser la solución.

Si se cultiva sabiamente, la generosidad puede impregnar cada actividad y brindar confianza, así como dicha.

Es tan simple que sería fácil pensar que no es importante, pero sin generosidad, la mente es confinada a un espacio pequeño y estrecho.

Cualquier cosa que se aleje del “mí y mío” está fuera de los límites.

Categorías: Lecturas recomendadas

Avatar photo

Mariela Herrero

Licenciada en Psicología | Especialista en Mindfulness | Coach Ontológico profesional

0 Comentarios

Deja un comentario

Avatar placeholder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *