Yongey Mingyur Rinpoche es un reconocido y respetado maestro de meditación del budismo tibetano. Su enfoque se destaca por una profunda capacidad para integrar la sabiduría milenaria de oriente con la ciencia y la psicología moderna. Sin embargo, lo que lo hace verdaderamente inspirador es su humanidad: Rinpoche ha sido muy abierto al compartir sus propios desafíos personales con la ansiedad y los ataques de pánico que sufrió desde su infancia.

En su libro La alegría de la vida, específicamente en el capítulo “Encuentro con mi mente”, relata una experiencia crucial durante su primer año de retiro estricto. Totalmente aislado y sin las distracciones de la vida cotidiana, se vio obligado a confrontar el aterrador paisaje de su propia mente.

Su experiencia nos invita a reflexionar sobre una dinámica que trabajamos constantemente en la práctica del mindfulness: la enorme diferencia que existe entre intentar escapar de una emoción difícil y elegir darle espacio. Cuando sentimos dolor —entendido como cualquier incomodidad o malestar que nos genera rechazo—, nuestro instinto primario es huir, reprimir o luchar contra eso. Pero la resistencia suele actuar como un amplificador; al intentar empujar la emoción fuera de nosotros, irónicamente dejamos que ocupe todo nuestro paisaje mental.

Por el contrario, cuando nos detenemos y le damos espacio a esa emoción para que simplemente sea, su dimensión cambia. No se trata de resignación, sino de ecuanimidad. Al observar el malestar sin juzgarlo y sin alimentarlo con más pensamientos, descubrimos que las emociones son transitorias. Pierden su solidez. El dolor es una parte inevitable de la experiencia humana; la gran propuesta del mindfulness no es erradicarlo, sino aprender a transitarlo con una presencia abierta, permitiendo que la emoción exista dentro de un espacio de consciencia mucho más vasto.

A continuación, les comparto este revelador fragmento donde el propio autor describe cómo el simple acto de sentarse a observar su ansiedad lo transformó todo.


Me encantaría decir que todo mejoró una vez que me encontré instalado y a salvo entre los participantes en el programa de Sherab Ling. Sin embargo, y por el contrario, mi primer año de retiro fue una de las peores experiencias de mi vida. Todos los síntomas de ansiedad que había experimentado en el pasado
—tensión física, tirantez en el cuello, mareo y oleadas de pánico que se intensificaban durante las prácticas de grupo— me atacaron de lleno. Hablando en términos occidentales, estaba sufriendo una depresión nerviosa. Mirando atrás, puedo decir que lo que me estaba pasando era lo que yo llamo un avance nervioso. Totalmente aislado de las distracciones de la vida diaria, me encontré en la situación de tener que confrontar mi propia mente, escenario que en ese momento no era el más agradable de tener a la vista día tras día. A medida que pasaban las semanas el panorama mental y emocional que contemplaba parecía volverse más y más asustador. Finalmente, a medida que ese primer año terminaba, me vi enfrentado a tener que escoger entre pasar los siguientes dos años escondido en mi habitación, o aceptar la total realidad de las lecciones que había aprendido de mi padre y otros maestros: que mis problemas, cualesquiera que fueran, se debían a maneras de pensar y percibir profundamente arraigadas en mi propia mente. Y entonces, decidí poner en práctica las enseñanzas que
había recibido.

Durante tres días me quedé meditando en mi habitación, utilizando muchas de las técnicas que describiré más adelante. Gradualmente, comencé a darme cuenta de cuán débiles y transitorios eran en realidad los pensamientos y las emociones que me habían atribulado por años, y cómo el dejarme obsesionar por problemas pequeños, los había convertido en problemas mayores. Sólo con sentarme tranquilamente y observar cuán rápido y en muchos sentidos ilógicamente mis pensamientos y emociones iban y venían, me comencé a dar cuenta, de manera directa, de que no eran ni tan sólidos ni tan reales como parecían. Y una vez que comencé a dejar de creer en el cuento que parecían contar, empecé a ver al “autor” que hay más allá de estos pensamientos y emociones: la consciencia infinitamente vasta e infinitamente abierta que constituye la naturaleza de la mente.

Cualquier esfuerzo por captar en palabras la experiencia directa de la naturaleza de la mente es virtualmente imposible. Lo mejor que puede decirse es que es una experiencia de paz inmensurable y que una vez que se ha logrado estabilizarla mediante la repetición de esta experiencia, se vuelve virtualmente inmovible. Es una experiencia de absoluto bienestar que irradia a través de todos los estados físicos, emocionales y mentales, incluso aquellos que normalmente se consideran desagradables. Esta sensación de bienestar, a pesar de las fluctuaciones internas y externas, es una de las maneras más claras de entender lo que los budistas quieren decir por “felicidad”, y yo había tenido la suerte de vislumbrarla levemente durante mis tres días de aislamiento.

Al final de esos tres días salí de mi habitación y me reuní con el grupo. Necesité dos semanas más de práctica intensa para vencer la ansiedad que me había acompañado durante toda mi infancia y para comprender, por experiencia directa, la veracidad de lo que se me había enseñado. Desde ese entonces no he vuelto a sufrir ni un solo ataque de pánico. La sensación de paz, de confianza y de bienestar que obtuve como resultado de esta experiencia, incluso bajo condiciones que objetivamente podrían tildarse de estresantes, jamás ha variado. No me atribuyo el mérito por esta transformación, porque sólo se debe al esfuerzo de poner en práctica de manera directa la verdad que me fue transmitida por aquellos que me precedieron.


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Mariela Herrero

Licenciada en Psicología | Especialista en Mindfulness | Coach Ontológico profesional

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