A veces nos aferramos tanto a nuestros puntos de vista que dejamos de estar disponibles para ver las cosas de otra manera.
Podemos creer que nuestra manera de entender una situación, una persona o incluso la vida es la correcta, y que las demás están equivocadas. El problema no está en tener una mirada, sino en quedar atrapados en ella.
Comparto este fragmento de Camino viejo, nubes blancas, de Thich Nhat Hanh, porque invita justamente a observar ese apego a nuestras propias ideas y a reconocer cómo puede limitar nuestra capacidad de ver con claridad.
Les dejo la lectura para quienes prefieran leerla y, para quienes prefieran escucharla, también comparto un link con una parte del texto leída por mí.
Después de leerlo, puede ser interesante preguntarnos:
¿A qué puntos de vista estoy apegado? ¿Y qué dificultades me trae ese apego en mi día a día?
El dedo que señala la luna
Una tarde, Sariputta y Moggallana condujeron al asceta Dighanakha, tío de aquel, a presencia del Buda. Dighanakha era tan famoso como Samaya. Cuando supo que su sobrino se había hecho discípulo del Buda, sintió curiosidad por conocer su enseñanza. Les pidió a Sariputta y a Moggallana que se la explicaran, pero estos le sugirieron que se entrevistara directamente con el Buda.
—Personalmente, me disgustan todas las doctrinas y teorías. No estoy de acuerdo con ninguna.
Dighanakha le preguntó:
—Gautama, ¿cuál es tu enseñanza?, ¿cuáles son tus doctrinas?
El Buda sonrió y le preguntó:
—¿Estás de acuerdo con tu doctrina de no seguir ninguna doctrina? ¿Crees en tu doctrina de no creer?
Dighanakha, un poco sorprendido, respondió:
—Gautama, que crea o no, carece de importancia.
El Buda le habló dulcemente:
—La persona atrapada por la creencia en una doctrina pierde la libertad. Se vuelve dogmática y piensa que la suya es la única verdadera y, el resto, herejías. Las visiones estrechas generan disputas y conflictos que pueden durar indefinidamente, desperdiciando un tiempo precioso y, a veces, provocando incluso una guerra. El apego a los enfoques propios es el mayor impedimento del camino espiritual. Atarse a visiones estrechas confunde de tal manera que impide abrir la puerta de la verdad.
»Déjame que te cuente la historia de un joven viudo que vivía con su hijo de cinco años. Le amaba más que a su propia vida. Un día, dejó al niño en casa para atender unos asuntos. Unos bandoleros saquearon, quemaron el pueblo y raptaron a su hijo.
»Cuando el hombre regresó, halló el cadáver carbonizado de un niño junto a los restos de su casa y, creyendo que se trataba de su hijo, incineró entre gemidos y lamentos lo que quedaba de él y puso las cenizas en una bolsa que llevaba consigo a todas partes.
»Unos meses después, el hijo consiguió huir de los bandoleros y regresó a su hogar en plena noche. Cuando llamó a la puerta, el padre estaba agarrado a la bolsa de cenizas, lamentándose.
»Se negó a abrir incluso cuando el niño le gritó que era su hijo. El hombre le creía muerto y pensó que quien llamaba a la puerta era el hijo de algún vecino que se reía de su desgracia.
»Finalmente, el hijo no tuvo más remedio que marcharse. Ambos se perdieron mutuamente para siempre.
—Ves, amigo mío, si nos aferramos a una creencia y la defendemos como la verdad absoluta, puede que un día nos encontremos en una situación similar a la del joven viudo. Si pensamos que estamos en posesión de la verdad, somos incapaces de abrir nuestras mentes incluso cuando esta toque a nuestra puerta.
Dighanakha preguntó:
—¿Y qué pasa con tu enseñanza? Si alguien la sigue, ¿queda atrapado por visiones estrechas?
El Buda permaneció un momento en silencio y, después, asintiendo con la cabeza, dijo:
—Es una buena pregunta. Mi enseñanza no es un dogma o una doctrina, pero sin duda habrá quien la considere así. Debo afirmar claramente que mi enseñanza es un método para experimentar la realidad, pero no la realidad propiamente dicha, del mismo modo que el dedo que señala la luna no es la luna.
»Una persona inteligente hace uso del dedo para ver la luna. La persona que mira el dedo y lo confunde con la luna jamás verá la verdadera luna.
»Mi enseñanza es un medio para practicar, no algo a lo que agarrarse o venerar. Mi enseñanza es como una balsa que se emplea para cruzar el río. Solo un loco cargaría con la embarcación después de haber alcanzado la otra orilla, la orilla de la liberación.
0 Comentarios