Hay situaciones dolorosas que no podemos evitar. Una pérdida, una enfermedad, una conversación difícil o una experiencia que nos toca atravesar. El dolor forma parte de la vida, pero muchas veces, además de lo que nos duele, sufrimos por nuestra resistencia a ese dolor.
Nos decimos que no debería estar pasando, que no queremos sentirnos así o que no vamos a poder soportarlo. Otras veces, empezamos a sufrir antes de que algo suceda, imaginando lo que podría pasar y anticipando un dolor que todavía no está presente.
Sin darnos cuenta, al dolor inicial le sumamos miedo, preocupación y tensión. No se trata de que podamos elegir no sufrir ni de que todo dependa de nuestra actitud. Se trata de reconocer que, a veces, nuestra manera de relacionarnos con lo que nos pasa puede intensificar el sufrimiento.
En La vaca que lloraba, el monje budista Ajahn Brahm comparte una historia que nos invita a observar cómo el miedo y la anticipación pueden influir en nuestra experiencia del dolor. Una historia tan llamativa como reveladora.
Un miembro de nuestra comunidad tenía la dentadura muy deteriorada. Le habían tenido que extraer muchas piezas, pero prefería hacerlo sin anestesia. Finalmente, encontró un odontólogo en Perth que le sacaba los dientes de esa manera. Ya había acudido varias veces a su consulta y no le suponía ningún problema.
Dejar que un dentista te saque un diente sin anestesia podría parecer impresionante, pero este hombre fue todavía más lejos: se sacó su propio diente sin anestesia.
Lo vimos en el exterior del taller del monasterio, sosteniendo un diente recién extraído, ensangrentado, y unos alicates comunes. No parecía preocupado por lo que acababa de hacer. Simplemente limpió la sangre de los alicates antes de devolverlos al taller.
Le pregunté cómo se las había arreglado para hacer aquello. Su respuesta ejemplifica por qué el miedo puede ser un ingrediente fundamental del dolor.
—Cuando decidí sacarme la muela (era un rollo eso de ir al dentista), no me dolió. Cuando fui andando al taller, no me dolió. Cuando cogí los alicates, no me dolió. Cuando agarré la muela con los alicates, seguía sin dolerme. Cuando apreté los alicates y tiré, entonces dolió, pero solo durante un par de segundos. Una vez que el diente estuvo fuera, apenas me dolía. Fueron solo cinco segundos de dolor, eso es todo.
Probablemente, lector, hagas una mueca al leer esta historia verdadera. A causa del miedo, ¡es posible que hayas sentido más dolor del que aquel monje sintió!
Si intentaras hacer lo mismo, es probable que te doliera horriblemente, incluso antes de llegar al taller y coger los alicates. La anticipación —el miedo— es uno de los principales ingredientes del dolor.
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