Te comparto este fragmento de El líder que sirve, de Alejandro Marchesan, como una invitación directa —y bastante honesta— a preguntarte quién sos más allá de lo que hacés, de los títulos y de las metas.

No es un texto para leer apurado, sino una oportunidad para frenar y mirarte de frente.


Estimado lector, permítame preguntarle: ¿Cuál es su razón de ser? ¿Quién es usted? ¿Para qué está en la vida?

Quizás jamás se haya hecho estas preguntas. Tal vez haya vivido hasta ahora siendo quien otros —o la cultura— dijeron que debía ser. Definido por la historia, por las circunstancias, por lo que “tocó”.

¿Pudo haberle pasado? Claro que pudo. Ahora bien… hay otra posibilidad. ¿Sabe cuál es? Se la indico en forma de pregunta: ¿Por qué no definirlo usted mismo?

Aunque no tenga el placer de conocerlo personalmente, yo podría relacionarme con usted escuchando su misión personal. ¿Cuál es?

Y le pido algo importante: no confunda mi pregunta. No le estoy preguntando qué metas tiene, sino quién es usted. Responder qué metas tenemos nos lleva a otra distinción: la visión. La visión tiene que ver con el hacer, no con el ser. Tampoco le pregunto cómo se llama. En nuestra cultura occidental, el nombre no dice nada acerca de la misión de una persona. En otras épocas, los nombres expresaban el sentido de vida de quien los llevaba.

Un ejemplo claro es Jesús, cuyo nombre significa “Salvador”. Esa fue su razón de ser. Su misión fue proveer salvación, y su vida giró alrededor de eso. Fue un ejemplo de liderazgo en servicio atravesado por una razón de ser tan clara que trascendió al hombre mismo. Durante más de 2000 años, millones de personas han escuchado su mensaje y recibido los frutos de una vida alineada con su misión.

La historia no recuerda a las personas por sus nombres, sino por haber honrado su razón de ser y por cómo esa razón se expresó en servicio a otros. Cuando preguntamos a alguien quién es, la respuesta suele estar asociada al nombre, a la formación o a la actividad que desarrolla. Pero ni los nombres, ni los títulos, ni lo que hacemos responden verdaderamente a nuestra razón de ser. De hecho, muchas personas, aun teniendo logros y reconocimiento, sienten un vacío interior: un vacío de ser.

Definir la misión es una declaración del corazón, dicha en tiempo presente. No habla de metas, ni de objetivos cuantificables, ni de plazos. No carga expectativas. Expresa simplemente quién es usted y desde dónde se compromete a vivir.

Escuché una vez a un joven líder declarar su misión así: “Mi razón de ser es construir puentes de entendimiento, aceptación y esperanza en la juventud de mi país”.

No hay metas, no hay números, no hay tiempos. Hay identidad. Hay compromiso. Hay sentido. Quizás ese joven muera anciano, habiendo pasado toda su vida construyendo puentes. Y tal vez su epitafio diga: “Aquí descansa un constructor de puentes”.

Martin Luther King dijo que, si no encontramos una causa por la cual morir, difícilmente tenga sentido vivir. Me animo a decir que la misión es aquello por lo cual “morir”, que le da sentido al vivir. Demasiadas personas viven sin sentido, o con un sentido reducido al hacer automático de cada día, sin siquiera poder elegir.

Proponemos considerar la misión como el sentido de vida. Algunos la llaman propósito, pero preferimos reservar esa palabra para la visión: para aquello que nos proponemos lograr siendo quienes decimos ser. Las metas son estaciones del viaje. La misión es la vida misma, mientras se declara y se vive.


¿Y vos, te animás a definir hoy cuál es tu propia razón de ser?


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Mariela Herrero

Licenciada en Psicología | Especialista en Mindfulness | Coach Ontológico profesional

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