La señora K pidió reunión de consorcio un martes a la tarde.
No fue la única. La señora M llegó con una libreta. El señor R llegó apurado, todavía con el celular en la mano. La señora L se sentó cerca de la ventana, como quien quiere estar y no estar.
La señora K habló primero. Siempre hablaba primero. El problema —dijo— eran los chicos. Que jugaban. Que gritaban. Que hacían ruido.
El espacio era compartido. Cerrado. Un complejo de casas donde los vecinos se conocen desde hace años. Donde los chicos juegan porque hay lugar para eso. Donde las risas se mezclan con plantas, bicicletas y charlas al pasar.
Al menos eso creían todos. Ella no.
La señora M intentó algo diplomático. Dijo que a veces también necesitaba silencio. Que quizás se podían acordar horarios. Pensar reglas simples para convivir mejor. El señor R asintió. Dijo que hablarlo entre todos siempre era mejor.
La señora K, no. Siempre no. Para ella el problema eran los chicos. No los horarios. No los acuerdos: los chicos.
—Los chicos “rompen la calma” —dijo. O tal vez dijo que “rompen el aire”. “Las moscas”. Todo.
La señora L no habló. Miraba el piso. Y en ese silencio apareció una pregunta que nadie dijo en voz alta, pero que se sintió en el cuerpo de todos: ¿Y los chicos no necesitan nada? ¿No necesitan jugar, moverse, hacer ruido de vida?
No parecía haber espacio para esa pregunta. Tampoco para el diálogo real. El enojo ya estaba armado, sostenido con fuerza, como si soltarlo fuera más peligroso que cargarlo.
Esto no es una ficción. Esto pasa en mi barrio.
Y no, no se trata de señalar a la señora K. No es una villana. Es alguien cansada. Enojada. En pelea con algo de su propia vida. Y cuando el dolor no se mira, busca afuera dónde apoyarse.
Ahí aparece algo que solemos olvidar: no vivimos separados. Vivimos en interdependencia. Lo que pasa adentro afecta lo que pasa afuera. Y lo que no elaboramos, se filtra en la convivencia.
Hay personas que, con solo estar, alivian el ambiente. Y hay otras que lo tensan. No por ser malas, sino por llevar heridas cerradas en falso.
El egoísmo más sutil no es pensar en uno. Es encerrarse en el propio dolor y exigir que el mundo se adapte a ese encierro. Es sostener el enojo como identidad, en lugar de escucharlo. Cuando alguien está en guerra consigo mismo, el mundo se vuelve insoportable. El ruido molesta. La risa molesta. La vida molesta.
Por eso el bienestar no es solo algo personal. Es un acto relacional. Una responsabilidad compartida. No para estar bien todo el tiempo, sino para no convertir nuestro malestar en carga para los demás. Y acá recuerdo una gran frase de Facundo Cabral: “La felicidad no es un derecho, sino un deber; porque si no sos feliz, estás amargando a todo el barrio.”
Tal vez no se trate de alegría constante. Tal vez se trate de dejar de querer estar en otro lado. De no vivir exiliados del presente. De animarnos a mirar lo que duele antes de pedir silencio afuera.
Para seguir reflexionando
¿En qué momentos tu malestar se vuelve exigencia hacia los demás? ¿Te encerrás en el dolor y lo defendes como si fuera tu identidad?
¿Y qué pasaría si, en lugar de querer que el mundo baje el volumen, nos animáramos a escuchar eso que adentro está pidiendo atención? Porque lo que no miramos en nosotros, termina hablando por nosotros. Y siempre, de alguna forma, se expande.
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