A veces creemos que para meditar o encontrar nuestro centro necesitamos condiciones ideales o alejarnos de nuestras responsabilidades. El texto que les comparto hoy, escrito por Sharon Salzberg, nos muestra exactamente lo opuesto a través de la vida de la maestra Dipa Ma.
Ella atravesó un dolor profundo y pérdidas devastadoras, pero logró transformar ese sufrimiento en compasión y presencia absoluta. Lo más inspirador de su historia es su sencillez: nos enseña que la atención plena no es un estado inalcanzable, sino algo que se cultiva mientras lavamos la ropa, cuidamos a la familia o interactuamos con otros. Es la práctica encarnada en la vida real.
Les dejo este relato. Ojalá les sirva para recordar que todos tenemos la capacidad innata de volver al eje y encontrar libertad interna, sin importar las circunstancias que estemos transitando.
En la transición de las enseñanzas budistas de Asia a Occidente, se dio por sentado algo que en realidad no es fácilmente asimilado en nuestra cultura, es decir, la importancia de tener confianza en uno mismo.
Las enseñanzas asiáticas tradicionales enfatizan el esfuerzo adecuado que es uno de los elementos del Noble Óctuple Sendero en el que se refleja lo último dicho por Buda a sus discípulos: “Esfuércense con diligencia”. Si bien esto tenía el propósito de empoderar y liberar, el mensaje no se comprendió así en Occidente, donde el esfuerzo es considerado como una carga o hasta como algo aterrador. Podemos desdeñar o ignorar por completo la idea de que el sendero exige esfuerzo. Creo que el meollo de muchas de estas reacciones es un sentimiento de impotencia. Podemos simplemente pensar: “No puedo hacerlo. No tengo lo que se necesita para esforzarme con diligencia o para poder llevar mis acciones hacia el cambio”. El Dharma ha funcionado por 2500 años, pero asumimos, “¡Yo seré quien echará abajo toda la metodología preservada durante todos estos siglos!”
Por nuestra tendencia a pensar de ese modo, es tan importante entender lo que significa tener confianza en nosotros mismos. Para mí, la persona que mejor ejemplificó la fuerza para transformar la desvalorización propia en confianza en uno mismo —tal vez más que nadie con quien haya estudiado— fue mi maestra Dipa Ma. Sus enseñanzas sobre el esfuerzo adecuado eran complementadas con su habilidad para reflejar en cada uno de sus estudiantes una sensación poderosa de sus propias habilidades.
Dipa Ma nació en Bengala y, como se acostumbraba en la India de su tiempo, su familia arregló su matrimonio cuando tenía doce años de edad. A los catorce años salió de su hogar para reunirse con su esposo, quien trabajaba en el servicio civil de Birmania. Se sentía sola y nostálgica, pero su esposo era muy dulce y, de hecho, se enamoraron y se volvieron muy unidos. No obstante, cuando con el paso del tiempo ella no pudo embarazarse, su felicidad se puso a prueba. La familia de su esposo incluso lo instó a hacerla a un lado y que eligiera otra esposa, pero él se negó. Año tras año, su incapacidad para tener hijos continuó siendo una fuente de gran vergüenza y pesar para ella. Después de veinte años, al fin nació una niña, una hija que murió a los tres meses.
Unos años después, tuvo otra hija, Dipa, que sobrevivió. Este acontecimiento fue tan importante, que Dipa Ma adoptó el nombre por el que la conocemos: Dipa Ma, es decir, la madre de Dipa. Al año siguiente, Dipa Ma se embarazó otra vez, pero su hijo murió al nacer. Mientras estaba en el duelo por la muerte del bebé, la salud de Dipa Ma empezó a desmejorar seriamente. Y justo cuando empezaba a superar su profundo dolor y hacer un poco de paz con todas las pérdidas que había sufrido, descubrieron
que a los cuarenta y un años de edad, padecía una seria enfermedad cardíaca. Sus médicos temían que muriera en cualquier momento.
Luchando contra su propia fragilidad y la posibilidad de una muerte inminente, Dipa Ma tuvo que enfrentar otra prueba más. Su esposo, quien había gozado de muy buena salud, un día llegó a casa de la oficina sintiéndose mal. Más tarde, ese mismo día, falleció. Dipa Ma estaba devastada. No podía dormir pero, al mismo tiempo, era incapaz de salir de la cama debido a que estaba destrozada. Sin embargo, tenía que criar a Dipa, quien apenas tenía cinco años de edad.
Un día el médico le dijo: “¿Sabes? Si no haces algo con tu estado mental, realmente vas a morir de un corazón roto”. Ya que vivía en Birmania, un país budista, le sugirió que aprendiera a meditar. Dipa Ma reflexionó cuidadosamente en su consejo. Relata que se preguntó a sí misma, “¿Qué me puedo llevar conmigo cuando muera?”. Y pensó en los “tesoros” de su vida: “Consideré mi dote, mis saris de seda y joyería de oro, pero sabía que no los podría llevar conmigo. Miré a mi hija sabiendo que no podía llevármela. Entonces, ¿qué podía llevarme?” La respuesta que se dio Dipa Ma fue: “Iré al centro de meditación. Tal vez ahí encuentre algo que pueda llevar conmigo cuando muera”.
Sin duda, en la vida todos sufrimos de uno u otro modo, pero el porqué es un gran misterio. Algunas personas emergen de su sufrimiento con mayor fe y determinación para comprender, amar, interesarse y profundizar más, mientras que otros no. Buda habló de “la causa próxima”, que el sufrimiento es la condición que hace surgir la fe más rápidamente. Dipa Ma soportó un sufrimiento tremendo, pérdidas y dolor, pero los transformó en motivación para descubrir una verdad más profunda. De alguna manera, y a pesar de todo lo que padeció, parecía tener una creencia en su propia capacidad de despertar para sacar el máximo provecho de todo su dolor y sufrimiento. Así que, lejos de vencerla, el sufrimiento la empoderó.
Dipa Ma se retiró a un monasterio, tan débil por su sufrimiento físico y emocional que, de hecho tenía que subir gateando las escaleras para llegar a la sala de meditación. Su motivación era tan fuerte que nada podía detenerla. A menudo pienso en la fuerza de la motivación de Dipa Ma para practicar. Me resulta profundamente inspirador imaginarla —una mujer menuda, exhausta, agotada, desconsolada— gateando escaleras arriba para aprender a meditar y encontrar algo que no muriera. La fuerza de nuestra motivación es el cimiento de nuestra práctica. Cuando alimentamos nuestra motivación para ser libres, simultáneamente alimentamos nuestra confianza para que nuestros esfuerzos nos conduzcan de hecho a la libertad. Cuando Dipa Ma comenzó a meditar, el esfuerzo adecuado solamente significaba no darse por vencida. Ella relata: “Cuando empecé a meditar, lloraba todo el tiempo porque quería seguir las instrucciones en su totalidad, pero no podía porque me quedaba dormida. Aun de pie y caminando, todo el tiempo me quedaba dormida. Lo que más necesitaba era dormir. De modo que lloraba y lloraba, pues durante cinco años había intentado dormir pero no podía, entonces, cuando trataba de meditar, lo único que hacía era dormir. Intentaba con todas mis fuerzas no dormir, pero no lo lograba”.
Cuando fue con su maestro y le informó de su dificultad, él le dijo: “Que te quedes dormida es muy buena señal, porque durante cinco años has sufrido tanto que ni siquiera podías dormir. No obstante, ahora te da sueño. Eso es maravilloso. Duerme con atención plena y medita como se te instruye”. Con su poderosa perseverancia, Dipa Ma continuó, y como relata: “Un día, de pronto, el sueño desapareció y pude permanecer sentada”.
El avance o progreso en la práctica no es tanto aprender una habilidad, aunque sí requiere de ciertas capacidades, más bien refleja nuestra motivación, la profundidad de nuestro compromiso e interés. Por ello, no es necesariamente signo de fracaso que todo el tiempo te quedes dormido. Realmente no es tan importante como la disposición para abrirse, mirar, perseverar, seguir adelante. Por desgracia, nuestras mentes que juzgan con exageración consideran ese tipo de progreso difícil de medir. Es mucho más sencillo reflexionar en un periodo de meditación y decir: “Ah, tuve esta visión espectacular”. Sin embargo, mirar hacia atrás y decir: “Continué a pesar de que fue difícil”, es una verdadera medida de progreso.
Cuando Dipa Ma empezó a experimentar los frutos de su práctica, comenzó a decirle a la gente, “Vengan al centro de meditación. Ustedes vieron cómo estaba abatida por la pérdida de mi esposo, mis hijos y por mi enfermedad. Ahora pueden darse cuenta que he cambiado y que estoy muy feliz. No se trata de magia. Sencillamente es el resultado de seguir las instrucciones de los maestros. Yo las acaté y obtuve paz mental. Ustedes asistan y también tendrán paz mental”.
Cuando hubo superado su tremendo sufrimiento y tener cierto grado de paz, Dipa Ma recibió el regalo de contar con una habilidad extraordinaria para amar, interesarse en los demás y sentir compasión. Su sola presencia era una bendición. Cuando sus estudiantes se acercaban a ella, los abrazaba y los acariciaba; hacía lo mismo con todo el mundo. Nunca la vi interactuar con alguna persona como excluyéndola o provocándole un sentimiento de separación. Me parece que esto provenía de su propia experiencia de dolor y su reconocimiento de que todos somos susceptibles al sufrimiento. Aunque las circunstancias actuales de nuestras vidas sean felices, todos compartimos esa vulnerabilidad. Nuestro placer descansa en un eje de muy frágil equilibrio y en la próxima inhalación puede ocurrir algo inesperado, algo no deseado.
Su propia sensación de fragilidad se tradujo en amor y atención extraordinarios.
Dipa Ma no era pretenciosa ni falsa. Era bastante sencilla y directa, nunca daba la sensación de querer parecer un gran ser espiritual. Su bondad amorosa brotaba de su sencillez y paciencia.
Podía estar tan interesada en servirte la comida, como en escuchar sobre tu práctica de meditación. La expresión de su bondad amorosa podía centrarse en eventos ordinarios, pero estaba tan totalmente presente en todos que se convertían en algo extraordinario.
Crió a su hija ella sola en medio de mucha pobreza, practicando meditación todo el tiempo. Cuando Dipa se casó y tuvo un hijo, Dipa Ma se convirtió en abuela. En ese entonces, tenía muchas tareas y responsabilidades. Sin embargo, cuando alguien le preguntó si las ocupaciones mundanas le parecían un obstáculo, ella respondió: “No son un obstáculo porque haga lo que haga la meditación está ahí. En realidad nunca me abandona. Incluso cuando estoy hablando, estoy meditando. Cuando como o pienso en mi hija, eso no obstaculiza la meditación”.
Cada vez que visitaba la Insight Meditation Society en Barre, Mass., a finales de los setenta y principios de los ochenta, miraba cómo Dipa Ma jugaba con su pequeño nieto, ambos riendo alegremente, para después ponerse de pie y darle instrucciones a alguien sobre su meditación, a continuación lavar su ropa a mano y colgarla afuera en una cuerda, posteriormente hacer meditación caminando y regresar a casa y sentarse a meditar durante un rato. Su nieto corría por el salón, mientras que su hija cocinaba y veía televisión, ella meditaba en medio de toda aquella actividad. Si alguien llegaba y se sentaba frente a ella, abría los ojos, le bendecía, le acariciaba, le abrazaba y volvía a su meditación. Todo era bastante simple.
Más tarde en su vida, alguien le preguntó qué pasaba por su mente, cuáles eran sus estados mentales dominantes. Ella dijo, “Sólo tres: concentración, bondad amorosa y paz”. Respondía de modo constante a los diferentes eventos de su vida recordando a Buda, quien conservaba las mismas cualidades sin importar cuál fuera la situación —a diferencia de muchos de nosotros que reaccionamos de un modo en una circunstancia y de otro modo en otras—. Podemos estar plenos de bondad amorosa cuando estamos solos, pero sentir mucho temor y dificultades cuando estamos con gente. O podemos sentirnos conectados y felices cuando estamos con gente, pero intranquilos al estar solos. Sin esta fuerza de integración, nuestras vidas pueden estar fragmentadas. Dipa Ma sencillamente se mostraba como era, en todo momento y en todas las circunstancias. Siempre la recordaré por esas tres cualidades de sencillez, amor e integridad.
El poder de su extraordinaria motivación podía sentirse tras su calidez y bondad amorosa. Era evidente cómo la práctica de la meditación le había devuelto la vida. De ningún modo tomaba la práctica a la ligera y era una maestra muy exigente. Era inflexible respecto a la capacidad de cada uno para liberarse, e insistió en que todos hagamos el mayor esfuerzo posible y realizar y poner en práctica esa capacidad a través del esfuerzo adecuado. Tenía gran fe y confianza en cada uno de sus estudiantes, así como en las técnicas budistas del despertar.
En una ocasión, en Calcuta, le preguntaron acerca de una enseñanza que está grabada, no en las verdaderas escrituras basadas en las palabras de Buda, sino en comentarios posteriores, la cual dice que sólo el hombre pueden llegar a ser un Buda totalmente iluminado. Que si eres mujer, tendrías que renacer como hombre en una vida futura para poder alcanzar ese estado de iluminación completa. Al escuchar esto, Dipa Ma se enderezó al máximo en sus cuatro pies de altura y dijo: “Yo puedo hacer cualquier cosa que un hombre pueda hacer”. En un contexto tradicional, esta fue una afirmación radical. Simbolizaba su convicción de que el poder del esfuerzo y de la motivación dan frutos sin estar limitados de modo alguno.
Ese era el regalo que daba a quienes iban a verla. Ella sabía que podíamos ser libres y nos lo hacía saber a cada uno de nosotros. La práctica no era exclusivamente para alguien de tiempos o lugares lejanos; no solo para Buda sentado bajo un árbol o para gente que se podía dar el lujo de dejar atrás sus responsabilidades. Nosotros mismos podemos practicar. Podemos ser libres. Y nuestro esfuerzo para ser libres, de lo que somos totalmente capaces, es una valiosa medida de nuestro éxito.
En 1974 fui a Calcuta a despedirme de Dipa Ma pues dejaba India, pensé que sería un viaje corto a casa para luego regresar. Estaba convencida de que iba a pasar el resto de mi vida en la India. “Me voy por poco tiempo solo para mejorar mi salud”, le expliqué, “para renovar la visa, traer algo de dinero y volver”. Ella me miró y comentó: “Cuando vayas a Estados Unidos de América, empezarás a enseñar meditación con Joseph [Goldstein]”. Yo le respondí: “No, no lo haré”, ella insistió: “Sí, sí lo harás”. Repetí: “No, no lo haré. Me regreso de inmediato”, y ella me dijo: “Sí, si lo harás”. “No, no lo hare”, insistí.
Los extraordinarios logros que había visto en mis maestros me habían convencido que tendría que ser estudiante por el resto de mi vida. Le expliqué esto a Dipa Ma y continué: “No tengo la capacidad para eso. No puedo enseñar meditación”. Me miró y dijo: “Puedes hacer cualquier cosa que te propongas. Lo único que te puede detener es que pienses que no puedes hacerlo”. Por supuesto, tenía razón.
Me envió a Estados Unidos de América con esa bendición, que significaba un gran empoderamiento. Sabía que su confianza no estaba solo en mí, sino en la capacidad que tiene todo mundo para tener bondad, totalidad, entendimiento, amor. Somos mucho más capaces de lo que imaginamos, sin embargo, la confianza en uno mismo no debe confundirse con arrogancia, que está enfocada en el yo individual. En lugar de eso, tengamos confianza en el potencial de bondad humana innata que hay dentro de nosotros.
Todos somos vulnerables al dolor, pero al igual que Dipa Ma, tenemos la capacidad para utilizar las circunstancias dolorosas para entender con más claridad, para conectarnos más profundamente. La gran urgencia de alguien como ella puede encender la chispa de la urgencia en nosotros para encontrar la verdad, para vivir mejor, para renunciar a las superficialidades con el fin de ser felices, para no depender de aquello que se desmorona, cambia y muere. Una pasión tan profunda de libertad por el Dharma puede evocar pasión en nosotros, y su disposición para practicar bajo cualquier circunstancia, puede inspirarnos a hacer lo mismo. En los momentos que sentimos incertidumbre o miedo, esa inspiración puede convertirse en la puerta a lo desconocido, que es tan maravilloso como atroz.
Realmente lo podemos lograr. Podemos personificar perfectamente la coherencia de ser que Dipa Ma reveló. Podemos conocer quiénes somos y ser quienes somos, a través de todas nuestras circunstancias cambiantes. Podemos transformar el sufrimiento en compasión. Podemos hacer tanto con esta preciosa vida, con la capacidad innata de nuestras mentes para despertar y amar. El esfuerzo adecuado surge cuando tenemos confianza de que podemos liberarnos.
0 Comentarios