Hace poco, una persona a la que acompaño en su proceso de desarrollo personal me hizo una pregunta al terminar la sesión.

—¿Te puedo hacer una pregunta personal? 

—Sí, claro —le respondí. 

—¿Vos estás analizando siempre a tu familia, a las personas que te rodean?

Supe enseguida qué responderle. La respuesta salió sola, muy auténtica:

 —No. Para nada. A quien observo constantemente es a mí.

No estoy analizando a los demás. Lo que hago es observarme. Cuando algo me genera una emoción, cuando me enojo, me frustro o me angustio, lo primero que intento ver es: ¿qué me está pasando? ¿Qué pensé para sentirme así? ¿Esto que estoy pensando me sirve o no me sirve?

El foco está siempre ahí: en mí.

Mientras le respondía, me di cuenta de algo que me alegró: es un hábito que ya tengo muy incorporado. Muchas veces, cuando uno transmite herramientas de bienestar, de mindfulness o de trabajo interno, puede dar la sensación de que vive en un estado de equilibrio permanente. Como si siempre estuviera a la altura de lo que enseña. Y no es así. Somos personas. Nos confundimos, reaccionamos, sentimos cosas incómodas.

La diferencia no es no equivocarse. La diferencia es dónde ponemos la mirada cuando algo pasa.

El impulso de querer corregir al otro

Con las personas cercanas esto se vuelve todavía más evidente. A veces vemos a alguien que queremos mucho atrapado en una mirada negativa de la vida. Y aparece esa pregunta que escucho tan seguido: “¿Pero nadie le dice nada?” “¿Nadie le recomienda que busque ayuda?”

La intención es genuina. Queremos que el otro esté mejor. Pero hay algo fundamental que necesitamos comprender: nadie puede hacer un trabajo interno por otra persona. Nadie. Ni un psicólogo. Ni un coach. Ni la familia.

Cualquier espacio de ayuda funciona solo si la persona está dispuesta a mirarse a sí misma. Si alguien llega convencido de que el problema siempre está afuera —en la pareja, en el país, en el mundo—, lo más probable es que, cuando le señalen otra perspectiva, se sienta incomprendido y se retire. No porque la ayuda no sirva, sino porque todavía no es su momento de mirar hacia adentro.

En ese sentido, el cerebro siempre quiere tener razón. Nuestra mente no siempre busca la verdad; busca coherencia con lo que ya cree. Por eso, si alguien está convencido de que su situación es imposible de cambiar, su cerebro funcionará como un radar, encontrando pruebas constantes que confirmen esa imposibilidad y descartando cualquier opción de salida.

Cuando declaramos que algo es imposible

Hoy, mientras llevaba a mi hijo al colegio, jugábamos a adivinar qué canción tenía el otro en la cabeza haciendo preguntas. A los pocos intentos, se frustró y me dijo: 

—No, es imposible. No puedo. Es imposible.

Ahí le expliqué algo que nos pasa exactamente igual a los adultos. Cuando declaramos que algo es imposible, nuestro cerebro deja de invertir energía en eso. Tiene lógica: ¿para qué gastar recursos en algo que ya decretamos que no se puede hacer? Así, sin darnos cuenta, construimos realidades limitadas que después nos encargamos de confirmar una y otra vez.

El verdadero impacto de mirarse a uno mismo

Cuando queremos a alguien y lo vemos hacerse daño con su forma de pensar, es fácil caer en la desesperación. Queremos abrirle los ojos. Queremos que vea lo que nosotros vemos.

Pero esa misma urgencia por que el otro cambie es, muchas veces, la trampa perfecta que no nos permite focalizarnos en nosotros. Mirar el problema del otro nos distrae de nuestra propia tarea.

Y acá hay una verdad que habitualmente incomoda: a veces, lo mejor que podés hacer por los demás es ocuparte primero de vos.

Porque cuando no te hacés cargo de tu propio proceso, cuando te abandonás y dejás que tu estrés, tu reactividad o tu dolor tomen el control, el impacto en las personas que te rodean puede ser muy grande. En esos casos, creemos que ayudamos mirando hacia afuera, pero terminamos lastimando por no mirar hacia adentro.

Cada persona tiene su propio tiempo para despertar. Podemos invitar. Podemos acompañar. Podemos señalar con respeto. Pero no podemos hacer el trabajo por ellos. Aceptar eso a veces duele, pero nos devuelve al único lugar donde realmente tenemos poder: nosotros mismos. En cómo pensamos. En cómo nos relacionamos con lo que pasa. En cómo elegimos responder.

El trabajo, siempre, empieza ahí.

Categorías: Notas

Avatar photo

Mariela Herrero

Licenciada en Psicología | Especialista en Mindfulness | Coach Ontológico profesional

0 Comentarios

Deja un comentario

Avatar placeholder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *