Seguro te pasa que, al mirar atrás, pensás: “Qué feliz era cuando vivía en aquella ciudad” o “Extraño la paz que tenía cuando trabajaba en ese otro lugar“, convencido de que esa época contenía la fórmula exclusiva de tu bienestar. O, por el contrario, te encontrás proyectando hacia adelante: “Cuando cambie de profesión o cuando finalmente logre mudarme a un entorno más tranquilo, ahí sí me voy a relajar”.
Vivimos hamacándonos entre la nostalgia de etapas pasadas y la ansiedad por las fases que vendrán. Esto es lo que Jack Kornfield define como la activación de “la mente que desea”, un estado en el que nos obsesionamos con lo que nos falta, convencidos de que la plenitud está en otra coordenada del tiempo. Sin embargo, el gran peligro de quedarnos anclados a esos bloques de vida —pasados o futuros— es que nos incapacitamos para habitar y disfrutar de la etapa que estamos atravesando hoy, y terminamos perdiéndola también.
El error de percepción: ¿dónde está el bienestar?
El error fundamental de la mente es creer que la capacidad de hacernos felices reside de forma intrínseca en los lugares, las personas o las circunstancias de una época determinada. Atribuimos el bienestar a la década que pasamos en el extranjero o al estilo de vida que planeamos alcanzar en unos años.
Pero si miramos de cerca, lo que extrañamos o anhelamos no es la estructura de esa época en sí, sino cómo nos sentíamos nosotros dentro de ella. Esa tranquilidad, esa frescura o esa seguridad no pertenecían al código postal ni al contrato de trabajo de ese entonces; eran estados internos que nosotros mismos experimentábamos. Las circunstancias no llevan la felicidad integrada; somos nosotros quienes la sintonizamos.
Por eso, para volver al presente, la pregunta clave cambia por completo. Ya no es cómo reconstruir una etapa que ya cerró o cómo acelerar la llegada de la siguiente, sino: ¿Cómo me puedo proporcionar ese estado interno hoy? Si lo que extrañás de tu vida anterior es la sensación de libertad o de conexión, ¿de qué manera podés cultivar y habilitar esos espacios en tu realidad actual? Al entender esto, el poder vuelve a tus manos.
Querer versus necesitar: salir de la carencia
Aprender a relacionarnos con el deseo no significa erradicarlo; tener proyectos y recordar con cariño el camino recorrido es parte de nuestra naturaleza. El desafío está en volvernos conscientes de si el deseo por una realidad distinta nos conduce al bienestar o nos genera sufrimiento. Para distinguirlo, es fundamental aprender a diferenciar entre querer y necesitar.
Cuando creemos que necesitamos que el entorno cambie de fase para ser felices, activamos el estado de carencia. La necesidad rígida nos dice: “Esta etapa actual no tiene valor; me falta algo vital“, generando una tensión y una insatisfacción constantes. Por el contrario, el querer consciente nace desde la preferencia y la plenitud:
- La necesidad opera desde la falta: Nos aferra a la ilusión de que el próximo gran cambio de vida nos va a salvar, y mientras tanto, suspendemos nuestra capacidad de disfrutar.
- El querer opera desde la libertad: Nos permite trabajar activamente por construir una nueva etapa, mudar de rumbo o diseñar metas, sabiendo que nuestra integridad y felicidad básica no dependen del destino final.
Podés trazar objetivos y accionar para que tu vida evolucione hacia donde deseás, pero con la flexibilidad de saber que ya estás completo hoy. Al quitarle al futuro la carga de tener que rescatarte de tu presente, el aferramiento cede. Podés avanzar hacia lo que querés mientras valorás y habitás la etapa en la que estás ahora, que es, al fin y al cabo, el único momento donde la vida sucede.
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